La vieja política cayó en crisis

Por Chiqui Aguilera

Periodista

A partir de entonces comenzó un proceso de transformación en el escenario político nacional. Algunos partidos surgieron con fuerza, mientras otros iniciaron un acelerado proceso de desgaste. Organizaciones tradicionales fueron perdiendo respaldo ciudadano y nuevas fuerzas empezaron a ocupar espacios que antes parecían inalcanzables

La política tradicional no está siendo derrotada por una nueva generación de políticos, está siendo derrotada por sus propios errores. Cuando los partidos dejan de escuchar a la gente, abandonan su vida institucional y sustituyen las ideas por la lucha por el poder, el vacío nunca permanece vacío, alguien termina ocupándolo.

Desde el año 2014 vengo escuchando un concepto que captó mi atención. La primera persona a quien se lo escuché fue al hoy presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, quien hablaba con insistencia sobre “la nueva política”.

A partir de entonces comenzó un proceso de transformación en el escenario político nacional. Algunos partidos surgieron con fuerza, mientras otros iniciaron un acelerado proceso de desgaste. Organizaciones tradicionales fueron perdiendo respaldo ciudadano y nuevas fuerzas empezaron a ocupar espacios que antes parecían inalcanzables.

Sin embargo, surge una pregunta inevitable, ¿realmente nació una nueva política o simplemente vimos a los mismos actores presentándose con un discurso renovado?

Hoy se habla constantemente de nuevos líderes, con la diferencia de que muchos ya no provienen de los partidos políticos. Entonces surge otra interrogante: ¿puede un outsider llegar a la Presidencia de la República Dominicana sin el respaldo de una estructura partidaria sólida?

Lo cierto es que, en los últimos años, han emergido nuevos actores sociales, muchos de ellos provenientes de las plataformas digitales. Han sabido conectar con el descontento ciudadano y convertir en denuncias problemas acumulados durante décadas en un discurso que encuentra eco en una población a través de las redes sociales, cansada de escuchar las mismas promesas.

Pero también debemos preguntarnos: ¿de quién es la responsabilidad de que estos actores hayan encontrado ese espacio?

No pretendo formular preguntas cuyas respuestas ya conocemos. A mi juicio, la responsabilidad recae, en gran medida, sobre la clase política tradicional.

La oposición, porque en muchas ocasiones ha sustituido la construcción de una verdadera identidad partidaria por la crítica permanente al gobierno de turno, sin presentar una visión de país que ilusione a la ciudadanía.

Y quienes gobiernan tampoco escapan de esa responsabilidad. Con frecuencia utilizan a los partidos como vehículos para alcanzar el poder y, una vez obtenida la victoria, relegan la vida partidaria a un segundo plano. La gestión pública absorbe todos los esfuerzos y la estructura política que los llevó al poder queda abandonada.

Esa desconexión entre los partidos y la sociedad ha abierto una enorme brecha que hoy aprovechan personas sin formación política, sin experiencia en la administración pública y, en algunos casos, sin una trayectoria que inspire confianza. No porque la política deba ser un club cerrado, sino porque gobernar una nación exige preparación, responsabilidad y un profundo compromiso con las instituciones.

Y sí, parte de la responsabilidad recae sobre ustedes, los dirigentes de la política tradicional. La falta de credibilidad, el abandono de las bases y la desconexión con la ciudadanía han permitido que figuras con trayectorias seriamente cuestionadas encuentren espacio para convertirse en referentes de una parte de la población.

Hemos llegado al punto de que, para muchos, el pasado de algunos aspirantes parece haber dejado de importar. La indignación contra la clase política ha sido tan grande que, en ocasiones, pesa más el rechazo al sistema que la trayectoria, la preparación o los antecedentes de quienes pretenden dirigir el país.

No recuerdo otro momento de la historia política dominicana en el que personas con antecedentes judiciales o con un pasado ampliamente cuestionado hubieran logrado alcanzar niveles tan altos de respaldo popular. Esa no es una victoria de la nueva política; es, más bien, el reflejo de la profunda crisis de credibilidad de la política tradicional.

La historia demuestra que cuando los partidos dejan de representar las aspiraciones de la ciudadanía, otros ocupan ese vacío. Y cuando la política pierde credibilidad, el discurso antipolítico gana terreno.

Por eso, el llamado es a los partidos políticos: abran las puertas a una nueva generación de dirigentes. Permitan que los jóvenes preparados, con vocación de servicio, den un paso al frente. Renueven sus estructuras, fortalezcan su institucionalidad y vuelvan a conectar con la gente.

La vieja política no caerá porque exista una nueva política. Caerá porque dejó de hacer política. Y si los partidos no entienden esa realidad, el próximo presidente de la República podría no surgir de una organización fortalecida, sino del hartazgo de una sociedad que, cansada de los mismos errores, decida apostar por cualquier alternativa que prometa romper con el sistema.

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