


Por Guido Gómez Mazara
El pasado 17 de marzo se cumplieron 51 años del asesinato de Orlando Martínez. Se trató de un crimen de Estado que reflejó los niveles de intolerancia frente a una pluma singular y disidente de la administración de Joaquín Balaguer

El pasado 17 de marzo se cumplieron 51 años del asesinato de Orlando Martínez. Se trató de un crimen de Estado que reflejó los niveles de intolerancia frente a una pluma singular y disidente de la administración de Joaquín Balaguer y, sobre todo, frente a un pensador que reflexionaba con consistencia sobre los males de la sociedad.
En ese contexto, su inocultable militancia caracterizaba una interpretación ideológica de la realidad social en un periodo de turbulencias en materia de respeto a los derechos humanos y libertades públicas. Ahora bien, el verdadero alcance de sus planteamientos consiguió amplio respaldo en múltiples segmentos de la nación, porque denunciaba desde una perspectiva bien documentada y una fortaleza conceptual inigualable. A su vez, se trataba de un ejercicio periodístico propio de una época tipificada por la defensa de causas democráticas en una nación atrapada en un proceso político con actores altamente penetrados por hábitos y manías autoritarias.
Lo rescatable y de eterna apelación en el ejercicio de su labor radica en la noción de compromiso con causas muy distantes del interés personal y el afán de lucro. Desgraciadamente, hoy la deriva ética y la escasa vocación por el debate de las ideas impactan el ejercicio de un periodismo que ha hecho de su pluma, comentarios y opinión una fuente de facturación, haciendo la vista gorda ante los excesos del poder y ante el decoro profesional.
Nunca como ahora, el periodismo en el país ha exhibido un déficit de ideas y actuación alrededor de los proyectos de nación. Por el contrario, el oficio ha sido tomado por asalto, dándole riendas sueltas a un ejército de “comunicadores” que actúan al servicio del mejor postor.
Mirar con sentido de balance crítico las últimas décadas de la actividad periodística nos refiere a riesgos innegables. Por eso, Guido Gil, Gregorio García Castro, Enrique Piera y Orlando Martínez, entre otros, encarnaron una modalidad de la actividad profesional con alto riesgo, pero necesaria para el avance democrático del país. Sus huellas trascendieron la villanía de sus ejecutores, ambientándoles a las nuevas generaciones aquellos niveles de tolerancia y respeto al disenso que ellos no pudieron disfrutar.
Finalmente, el periodismo comprometido resulta esencial para una auténtica democracia, sin fuentes económicas que lo comprometan ni publicidad oficial utilizada para castigar cuestionamientos válidos. Ojalá volvamos por el rumbo de la comunicación al servicio del interés nacional.
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