Mentiras y vendettas

La Vendetta
La Vendetta

Por Guido Gómez Mazara

La quinta edición de La Vendetta cayó en mis manos porque mi padre devoraba las obras de Honoré de Balzac. Aunque se publicó por primera vez en 1830, el modesto apartamento de la calle Francisco J. Peynado de Ciudad Nueva, sirvió de espacio natural a mis lecturas iniciales. Allí, mi madre me inculcó el amor por los libros y, de paso, creó en mí los valores de actuar con firmeza sin renunciar a los principios.

Recuerdo el impacto que provocó en mí el desastroso destino de Ginevra Piombo, que dio a la vocación de enamorarse un sentido oprobioso al provocar en su padre deseos de asesinar a Luigi Porta. No obstante, el lazo afectivo posterga una actuación cruel, fatalizada al momento de venir al mundo su hijo, momento en que ambos fallecen. Y ahí se marcó la desgracia para siempre.

Por infortunio, las cargas de rabia interna perduran en algunos eternamente, y poco importa éxito y fortuna: la marca indeleble los acompaña por secula seculorum. Más aún, nada resulta tan dañino a la condición humana como la posterior validación social o profesional de un ejército de dolientes, siempre atentos en proyectar en otros su naturaleza demoníaca. Por eso la vulgar propensión de creer que se es como intentan proyectar de ti, y nunca como eres realmente.

Este tipo de personajes despliega una idiosincrasia guiada por la impugnación de todo lo que se desarrolle y avance más allá de sus parámetros, porque consideran que la única inteligencia es la de ellos. Sólo respiran honra cuando crecen sus cuentas bancarias, aplican el sentido de integridad exclusivamente a los contrarios, y practican un mutismo cómplice como condición inquebrantable cuando se trata de reportar a sus cachanchanes con tufillo empresarial o ejercitantes de la función pública.

Conozco que mi estilo directo provoca repelencia en ciertos ámbitos, poseídos por la falsa tesis de creerse en capacidad de censurar al resto. Pero allí mismo saben también que yo no camino por los senderos de la arena pública como el clásico dador, y que mucho menos me considero diestro en la estructuración de clanes mediáticos que asienten sus negocios en el intercambio de pautas publicitarias por buena prensa.

Todo lo contrario: yo creo con firmeza que cada servidor tiene la obligación de rendir cuentas frente a requerimientos responsables de la ciudadanía. Eso sí, transparencia pública no implica trato favorable de la prensa. Y yo nunca voy a renunciar a defender mi opinión ante el afán manipulador de expertos en retorcimientos, maestros de la fábula, siempre aptos en traer por las greñas hechos inconexos y a mil kilómetros de distancia, no casualmente impulsados por un consiguiere sin el talento de Tom Hagen, que arrastra su rabia hace más de tres décadas. A esos, déjenme decirles: a cada intriga corresponde una respuesta con más intensidad, por el bien del sistema democrático dominicano.


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