Mi tío Mickey

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Por: Guido Gómez Mazara

Víctor Horacio Nazario, mi tío Mickey, jugó béisbol en la década de los sesenta, con la suerte de llegar a la gran carpa. Muy rápido y bueno con el guante, después del asesinato de mi padre inició una etapa de retiro que culminó dirigiendo en la pelota local. Su versatilidad fuera del terreno le hacía combinar su oficio deportivo con su condición de sastre.

Aunque preferí el baloncesto, con el tío siempre conversaba sobre sus experiencias y la lógica en el terreno de juego del deporte con mayor fanaticada en el país. Mickey siempre describía con bastante inteligencia el síndrome de los novatos que ascienden a las grandes ligas, sin estar mentalmente preparados. Hablaba de que todo capataz de equipo, lleno de buenas intenciones, intuye talentos sin detenerse a evaluar las capacidades para jugar bajo presión. Por eso, se desarrolla una dinámica en dos direcciones: de un lado, el coach encuentra dificultades para reconocer que en el ascenso no tuvo certeza y, del otro, el jugador se torna totalmente errático a la hora de la verdad y daña el espíritu de cuerpo necesario para el triunfo del conjunto.

Entre las perturbaciones de algunos jugadores ascendidos a grandes ligas está la de creerse de verdad con el talento requerido. Desconocen que tal ascenso es una oportunidad para demostrar sus capacidades. Y cuando los números no le cuadran y el desempeño no llena las expectativas, activan el circuito del relato favorable en labios de cronistas, amigos de las ventajas que se derivan de la relación, siempre diestros en construir una imagen que presione la decisión del dirigente del equipo a la hora de optar por cambiarlos o bajarlos a las menores.

Un buen jugador, si desea jugar para el equipo, no puede pretender que su promedio sea lo único importante. Debe aprender a distinguir lanzamientos que aparentan ser bateables, porque en la medida que el bate no hace un buen contacto con la pelota, los niveles de incomodidad del manager del equipo le obligan al comentario de insatisfacción. Así, intenta devolver a la racionalidad a los jugadores que, convencidos de la cuenta regresiva del juego, entienden que llegó el momento de sustituir al capataz y asumir su rol antes de tiempo. Ponerse el uniforme de un equipo ganador o disfrutar de una oportunidad en grandes ligas no asigna una estampa de jugador estrella. Desafortunadamente, los trucos de bates con corcho y esteroides posibilitan desempeños falsos que, desmontadas las mentiras, los peloteros adquieren su real dimensión.

Los buenos managers, con el paso del tiempo y el tener que lidiar constantemente con los jugadores, desarrollan la capacidad de conocer cada una de sus potencialidades y limitaciones. Reconocen perfectamente, por ejemplo, a los que usan uniformes bonitos y limpios pero no se la juegan en el terreno, e intuyen al que exhibe estilo en el plato sin capacidad de conectar hits. Pero su verdadera destreza radica en identificar con inteligencia el bateador que puede dar el batazo ganador cuando llegue la hora de enfrentar al zorruno lanzador de curvas y nudillos con bastante experiencia en el box.

Admito que a tío Mickey no le gustaba la política. Eso sí, siempre recuerdo sus sabias reflexiones en materia de béisbol.


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