Fello Suberví

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Guido Gómez Mazara

Cuando los vientos democráticos entusiasmaron a un puñado de jóvenes hacia el litoral de la militancia partidaria, el Partido Revolucionario Dominicano se convirtió en cauce para la ilusión y el deseo de servirle al país de los llegados de provincias y capitalinos, decididos a militar en el variopinto de organizaciones. Así, desde Barahona y con el anhelo de titularse en leyes, Rafael Suberví Bonilla se inauguraba en el partido blanco, y el territorio de la Universidad Autónoma de Santo Domingo se constituyó en su inicial trinchera.

La Juventud Revolucionaria Dominicana y el Frente Universitario Socialista Democrático servirían de fábrica por excelencia de los futuros actores en la escena pública. Y, de paso, el entrenamiento en Costa Rica en la escuela de formación, auspiciada por Sacha Volman y Pepe Figueres, daría el retoque esencial para lanzar al ruedo político a personas de destacada valía con deseos de organizar el tránsito hacia la pluralidad posdictadura de Trujillo.

Luego llegó la turbulencia: derrocamiento de Juan Bosch, Consejo de Estado, Triunvirato, Guerra de Abril de 1965, elecciones en 1966 y los doce años de Joaquín Balaguer. En el interregno, Fello Suberví desarrolló un sentido de militancia singular caracterizado por la apertura y desdeñando las modalidades de sectarismo propias de la época. Por eso, a través de su dilatada carrera en el Ministerio de Turismo, en la alcaldía capitaleña, como diputado y en Interior y Policía, su atractivo esencial se mantuvo en el cariño, la proximidad y sus destrezas para generar la sensación de que, a donde llegaba, estaban los suyos. En justicia, Fello Suberví era el clásico político bonachón y con profunda vocación de hacer del bolsillo personal fuente de solución de las urgencias de los compañeros.

Ahora, y frente a su féretro, ejercí el legítimo pase de balance de todo dirigente político. Las desventuras, deslealtades, la gracia pasajera del poder y disputas fratricidas, generadoras de eternas cicatrices que tanto dañan el alma humana. La segura resistencia de los hijos, celosos de la jurisdicción del afecto paternal, no está llamada a ceder lugar al tiempo que se dedica a los ajetreos partidarios. Y con Fello Suberví se desarrolló un molde de vinculación personal que hacía sentir a su casa como una extensión del local de la zona, y a uno como eterno invitado al desayuno, al almuerzo o a la cena familiar. Por esa senda se construían los liderazgos cercanos y primarios, sin la fascinación por el click ni una monstruosa inversión en las redes.

Con Fello Suberví no existía la posibilidad de rupturas definitivas, él siempre dejaba la puerta abierta del arreglo amigable. De ahí su pragmático sentido de sumatoria que abonó en el corazón de los que siempre le siguieron.

Eso sí, al Fello cariñoso, sin remordimientos, de consejos requeridos, sonrisa especial, profundo sentido del humor y de amistad sincera, lo recordaremos siempre. Ya no importa su última morada, ni la eterna pregunta de qué hace allá, porque quien fue llamado por el Todopoderoso a dormir el sueño eterno representa la genuina manifestación de un exitoso político, pero, sobre todo, de un ser humano aún mejor.

¡Descansa en paz!


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